"En privado Julio Cortázar lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizó de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más impresionante que he tenido la suerte de conocer.Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París, con nombre inglés, a donde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean Paul Sartre lo hacía a 300 metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos en un hotel de Lance de Barranquilla, donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Al guien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevar Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo ví entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos más separados, como los de un novillo y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.
Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo".
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